Royal gambiters, o del Príncipe Bernardo

31/01/2013
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A real man.

A real man.

El pasado lunes la reina Beatriz de Holanda abdicó en su hijo Guillermo Alejandro, que será el primer rey que tengan los Países Bajos desde que Guillermo III la palmase allá por 1890. Abdicar, como dijo a la mañana siguiente la portada del ABC, es una tradición holandesa, nada que ver con la monarquía española, etcétera, etcétera. Eso no ha impedido que gentes de toda ralea (yo, por ejemplo) hayan aprovechado la ocasión para pedir discretamente al Carlangas que deje paso a las nuevas generaciones, aunque sea para dar la impresión de que se hace algo ahora que la infanta Cristina (con la que siempre he tenido la solidaridad que se puede tener con los que han estudiado en la misma facultad que uno) tiene cada vez más difícil hacer pasar la idea de que no sabía nada mientras su marido se lo llevaba crudo.

Relacionar al Urdanga con la monarquía holandesa puede algo así como mezclar el agua y el aceite. Al fin y al cabo, en el norte de Europa la gente se comporta con más prestancia y dignidad, no son como nosotros, que metemos en el Palacio Real a un jugador de balonmano que resulta que han pillado con la mano en el carrito del helao. No es así. Antes de nada, no olvidemos que la futura reina de Suecia se ha casado con su monitor de gimnasia, pero eso es solo para volatilizar ciertos mitos. Estábamos hablando de la monarquía holandesa. Si en los Bajos Países el abdicar es una tradición real, hay otra que es igualmente interesante: TODOS los consortes reales dan problemas. La mujer del futuro rey (Guillermo IV, probablemente) es una argentina hija de un ministro del gobierno de Videla. Aun aceptando la versión de la familia y dando por hecho que en los consejos de ministros Videla y sus secuaces echaban de la sala a los civiles cuando hablaban de sus planes para acabar con el comunismo acabando con los comunistas (o, al menos, con todos los que consideraban comunistas, que viene a ser un bocado importante de la sociedad argentina), Zorreguieta padre tenía la mala fama de ser un fiel secuaz compañero del ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, un fistro de mucho cuidado que hizo probar por primera vez a los argentinos el delicioso sabor de los ajustes friedmanianos.  El marido de la futura exreina (es complicado), el príncipe Claus, tenía la mala suerte de ser alemán en un país que, tras una ocupación de cuatro años en la cual los holandeses acabaron comiéndose hasta los bulbos de los tulipanes, no tenía una muy buena imagen (por decir algo) de sus vecinos de al lado. En consecuencia, la boda de ambos, en 1966, acabó siendo un cipote monumental donde los provos (los punkis de la época) la liaron parda, y los asistentes al real cortejo acabaron teniendo que ponerse los pañuelos en las narices para evitar que los gases lacrimógenos les dejasen catacroker. Y la madre de Beatriz, la reina Juliana, tenía al príncipe Bernardo… y, bueno, de eso va este artículo.

Bernhard Leopold Friedrich Eberhard Julius Kurt Karl Gottfried Peter, príncipe de Lippe-Biesterfeld, había nacido en una familia de príncipes alemanes que tenía un reinecito allá de ellos, pero que vivía tranquilamente de las rentas durante el imperio alemán hasta que se perdió la guerra y los Lippe-Biesterfeld tuvieron que empezar a ganarse la vida (quicir, porque a pesar de haber perdido el reino, seguían siendo podridamente ricos). Durante los años 30, Bernardo vivió la buena vida que podía llevar un joven noble alemán en esa época: conducir coches, pilotar aviones, unirse a las SA, etcétera. Lo de vestir la camisa parda no le duró mucho: en 1935 le encontraron un puestecito en IG Farben (el colosal cártel de la industria química alemana, ese que luego haría el Zyklon B) y dejó el uniforme, pero no el pin de nazi. En 1936, lo de compartir criterios con el nacionalsocialismo no le resultaría tan problemático como a su futuro yerno, porque ese año, durante los Juegos Olímpicos de Invierno, conoció a la princesa heredera de los Países Bajos, que se quedó prendada por él. Pero eso no era importante. Lo importante es que, siendo noble, protestante y de familia reinante (o exreinante, pero a esas alturas ya daba igual), era un yerno adecuado para la reina de Holanda, Guillermina.

La reina Guillermina era una mujer de armas tomar (Winston Churchill dijo de ella que entre los gobiernos que se exiliaron en Londres durante la II Guerra Mundial “ella era el único hombre”) que había nacido reina y que en 1936 ya estaba desesperada por encontrarle un marido a su hija, que tenía entonces 27 años – una pila de años, para aquella época y para aquella gente. El asunto fundamental es que Juliana nunca había sido la mujer más guapa del mundo, pero para un hombre como Bernardo, casarse con la futura reina de los Países Bajos era una oportunidad que no se podía desperdiciar. Ese mismo año se casaron, y en año y medio Juliana dio a luz a su primera hija, la futura reina Beatriz.

Y encima era guapete, el muy cabrón.

Y encima era guapete, el muy cabrón.

Pero la feliz pareja no tuvo tiempo para acomodarse. En mayo de 1940, los alemanes invadieron Holanda y la familia real tuvo que huir por pies y exiliarse en Londres. A Juliana y a sus hijas las empaquetaron a Canadá, donde vivieron en la que es ahora la residencia oficial del líder de la oposición (para que luego digan que nuestros políticos tienen privilegios) en Ottawa, mientras que el yerno mayor del reino tenía un problema. Por mucho que ahora llevase un uniforme holandés, el príncipe Bernardo seguía siendo un alemán, y en consecuencia, un sospechoso. Bernardo decidió coger el toro por los cuernos: se convirtió en piloto de cazas y se dedicó de cuerpo y alma a la noble tarea de hacer picadillo los aviones – y, posteriormente, las ciudades – de sus excompatriotas. Todo esto, por supuesto, con estilo; el príncipe amaba los uniformes atildados y la buena vida, y con la mujer y los niños a un océano de distancia (cuando los océanos eran océanos) nuestro hombre se dedicó a la vida del oficial dandy de la RAF en los momentos en los que no estaba en el aire. El tipo al que Churchill encargó vigilar al príncipe Bernardo para ver si era realmente un buen holandés fue un tal Ian Fleming, que se dice que dijo: “Solo conozco a un hombre que se lo pasó bien durante la II Guerra Mundial, y ese fue el príncipe Bernardo”. Una cosa sí está clara: en Operación Trueno, uno de los malos es un elegante aristócrata alemán llamado “conde Lippe”. Espero que a estas alturas empiecen a hacerse a la idea de que aquí estamos hablando de gente seria: un auténtico malo de James Bond.

En 1945 se acabó la guerra, y Bernardo tuvo que volver a la vida de padre de familia y príncipe consorte. La vida de consorte, innecesario es decirlo, es aún más coñazo de lo que suele ser la vida de rey. Y hay varias maneras de tomárselo. Uno puede hacer como Felipe de Edimburgo, el marido de la reina de Inglaterra, que es famoso por decir lo que piensa, por terriblemente mal que le haga quedar. O entonces uno puede hacer como el príncipe consorte de Dinamarca, que harto de ser el último mico un bello día de 2002 se largó sin más a su país, Francia – pero luego volvió. Bernardo decidió ser lo que mi hermano llama ser un fucker, es decir, ir por ahí con el traje impecable, un sempiterno clavel en la solapa, un pañuelo de seda en el bolsillo del traje y la misma afición de siempre por conducir, pilotar y pasárselo muy bien.

Pero la vida familiar se torció durante el embarazo de la última de las seis hijas que Bernardo y Juliana tuvieron en común, Marijke Christina. Durante el embarazo, Juliana contrajo la rubéola, que es una enfermedad que por norma general no causa más complicaciones al afectado que una gripe… salvo que el afectado sea una mujer embarazada, en cuyo caso el virus causa graves malformaciones al feto: la princesa Cristina sobrevivió al parto – y de hecho aún está viva – pero casi ciega.

El asunto es que la princesa (y, desde 1948, reina) Juliana, era una mujer que se enorgullecía de su propia sencillez. En el exilio en Canadá, vestía sin alharacas y se prestaba voluntaria a cuidar a los hijos de los vecinos. De vuelta a los Países Bajos, iba en bicicleta a los sitios y pedía a sus súbditos que la tratasen de “mevrouw” (señora) frente al “Su Majestad” que exigía su madre (y que luego exigiría su hija). El problema es que, en el caso de la princesa Cristina, esa sencillez se convirtió en simpleza: una charlatana, Greet Hofmans, dijo a la reina que la ceguera de la princesita podría curarse por la imposición de manos – y la reina, como muchas madres en la misma situación, se lo tragó todo con patatas.

Bernardo no compartía el entusiasmo de su señora por la Hofmans – y más cuando esta empezó a inmiscuirse con entusiasmo en los asuntos de su casa. La corte se dividió en dos bandos, y el asunto se arrastró durante años hasta que un artículo en la revista alemana Der Spiegel (“Entre la reina y Rasputín“) obligó al Gobierno holandés a tomar cartas en el asunto y echar a patadas a la curandera de palacio en 1956. Nunca se supo quién fue el que le dio el soplo a Der Spiegel, pero siempre se ha rumoreado que fue el propio Bernardo.

Mientras tanto, Bernardo seguía living la vida loca, conduciendo, pilotando y aburriéndose mucho. Un día de 1954, para sentirse más importante, Bernardo decidió convocar a gente que él consideraba importante en un hotel cerca de Arnhem para hacer una reunión informal sobre el “combate al comunismo”, es decir, lo que viene ser hablar del mundo con una copa de globo en la mano y mucho chiste malo y mucho bua-ha-ha. Como nadie le que dice que no a un rey, por muy consorte que sea, la reunión fue un éxito, y las reuniones se fueron sucediendo regularmente hasta hoy. Posiblemente usted no haya oído hablar nunca de Bernardo de Holanda, pero posiblemente le suene más el nombre del hotel, que acabó dando nombre a las reuniones: Bilderberg.

En todo caso, entre unas cosas y otras Bernardo empezó a necesitar dinero, y más cuando la separación informal provocada por el caso Hofmans hizo que el consorte empezase a buscar alternativas para mojar el pajarito (el príncipe tiene dos hijas ilegítimas reconocidas). Como una de las características de los consortes es que por norma general son gente bastante pobre (y de eso se encargó muy mucho la formidable Guillermina, cuando quedó claro con qué clase de pieza se había casado su hija), Bernardo decidió poner a la venta lo que tenía más a mano: su influencia.

Y es aquí cuando empieza a sonarles la historia, ¿verdad?

Bernardo cumplía con los papeles diplomáticos de rey consorte, lo cuál ya era suficiente como para irse juntando un capitalito (llegó a estar en más de 300 consejos de administración), pero lo que realmente le dio pasta fue una decisión (inexplicable) de su suegra. Tras la II Guerra Mundial, el Gobierno holandés, agradecido por el rol de héroe de guerra del príncipe, le nombró general honorario, lo cuál permitiría al príncipe llevar el uniforme fetén que tanto le gustaba. Pero Guillermina tachó el “honorario” del decreto, dejando al Ejecutivo el marrón: o contradecía a la reina (a ver si hay huevos) u obligaba a las Fuerzas Armadas a encajar en su escalafón un general que tendría la capacidad de hacer cosas pero no de responder con su culo si la cagaba. El Gobierno holandés, naturalmente, eligió lo segundo, y se creó la posición de Inspector General, que fundamentalmente debería consistir en ir a un desfile tras otro, pero que se convirtió (informalmente, natuurlijk) en el hombre que decidía en última instancia a quién se compraba qué en las fuerzas de tierra, mar y aire.

A principios de los años 70, entra en escena Lockheed, la tercera empresa aeronáutica de Estados Unidos en importancia. Lockheed había gastado un montón de pasta en desarrollar un avión de pasajeros que pudiese competir con el DC-10 de Douglas y el Boeing 747. El resultado, el L-1011, era un avión excelente (pero no decididamente mejor que ninguno de los otros dos) pero tenía un problema: sus motores los hacía una fábrica británica, Rolls-Royce. Y, si ustedes saben lo suficiente de historia, saben que si algo era producido en Reino Unido durante los años 70 lo más probable es que durante la mitad de esos años NO fuese producido, sea por una huelga, sea por una crisis económica, sea por ambas cosas. Los apuros de Rolls-Royce (que en 1971 entró en suspensión de pagos) hizo que Lockheed tuviera durante meses unos maravillosos aviones que no podía entregar porque no tenían motores: una sangría espectacular de dinero. Cuando por fin empezaron a salir de fábrica los L-1011, los clientes habían huido en estampida. Y Lockheed decidió hacerlos volver de la forma más rápida y aparentemente sencilla: sobornándolos.

Resulta que justo entonces la Fuerza Aérea Neerlandesa estaba buscando comprar cazas supersónicos. Y Lockheed pagó 1,1 millones de dólares al príncipe para que Holanda se hiciese con un bonito paquete de 138 Lockheed F-104 Starfighters. Cuando el Gobierno se enteró, el entonces primer ministro, el laborista Joop den Uyl, abrió una investigación. Y la investigación descubrió, entre otras cosas, que Bernardo llevaba desde 1959 cobrando de la Lockheed, y que había usado parte del dinero para comprarle un piso en París a su amante. Cuando los sobornos de la Lockheed salieron a la luz – llevándose por delante, entre otros, al primer ministro japonés, Kakuei Tanaka – y la prensa holandesa se enteró de que el rey consorte podría estar metido en el ajo, Bernardo, genio y figura, se puso flamenco: “Yo estoy por encima de estas cosas”. Las revelaciones – en medio de la terrible crisis de finales de los 70 – pusieron a la monarquía seriamente en jaque. A pesar de que el informe final de la comisión se centró en el tema de Lockheed y dejó las otras miserias de Bernardo bajo la alfombra, el príncipe perdió su puesto en el Ejército – pero siguió llevando uniformes cuando le salió por ahí, por mucho que se lo prohibiesen. Tres años después de la publicación del informe, su mujer abdicó la corona.

A pesar de todo, Bernardo siguió metido en berenjenales turbios. ¿Se acuerdan del WWF, la ONG ecologista de la que echaron a patadas al Carlangas una vez se descubrió su fascinación por el mundo del elefante? Bueno, pues nuestro amigo el príncipe fue uno de los miembros más entusiastas de la asociación y, durante 16 años, su presidente, el primero. Tras la debacle de la Lockheed, fue cuidadosamente apartado de la presidencia, pero siguió siendo uno de sus miembros más destacados. En 1988, tras donar 700.000 dólares a la organización (subastando dos cuadros de su colección particular) recibió bajo cuerda 500.000 de ellos para un “proyecto personal”.  El tal proyecto era contratar mercenarios para que solventase el problema de los cazadores furtivos en el sur de África vía rifle. Como decía el poeta Jagger, you can’t always get what you want: los mercenarios solventaron el problema de los furtivos… para hacerse ellos mismos furtivos, solo que de esta vez mejor armados.

Comparado con Bernardo, el Urdanga es un mero aficionado. Y lo triste de todo es que el pobre hombre, encima, no tiene una décima parte del estilo que tenía el holandés.

Seguiremos informando.

3 Responses to Royal gambiters, o del Príncipe Bernardo

  1. mictter
    31/01/2013 at 09:54

    Vaya pieza. Dado que estos comportamientos se acercan bastante a la norma (demos a cualquier ser humano capacidad de influencia e impunidad, y a ver cómo se las gasta), me parece incomprensible cómo tanta gente sigue apoyando la monarquía.

  2. 31/01/2013 at 11:25

    Cojonudérrimo artículo. Un personaje colosal, el tal Bernardo.

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