El “partido del futuro”, o la πόλις son los padres

14/01/2013
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Mi maestro el Cuervo Blanco, al que veo mucho menos de lo que debería, salió el otro día en Facebook muy optimista acerca del tal Partido X, o Partido del Futuro, que ha se ha dado a conocer (quicir, como verán) con bastante fanfarria por ahí. Como mi último artículo va precisamente de que los partidos políticos actuales compiten entre si para ver cuán hacia atrás pueden mirar, mi maestro creyó que había encontrado lo que yo estaba buscando. Las escasas referencias que tenía ya me llevaron a ser bastante cínico con el asunto en Twitter, pero visto que al parecer ahora soy periodista y eso (lo cual es falso, como saben, en realidad soy un fraude muy bien elaborado) he tenido que dirigirme a la página web de esta muchachada a que me explicasen un poco de qué va el proyecto ese.

Empezamos mal cuando leer las explicaciones de esta gente me da dolor de cabeza. Es un compendio de banalidades del sector más banal del 15-M, que ya es decir. Un lenguaje muy moderno para concluir en lo que ustedes ya debían estar llamando hace tiempo lenguaje Lord Dorwin (“En cinco días, caballeros, Lord Dorwin no dijo NADA, y lo hizo sin que se dieran cuenta”), es decir, parafraseando el Eclesiastés, “vaguedad de vaguedades, todo es vaguedad”. Pero aun con un lenguaje tan de anuncio de lejía, he podido llegar a unas cuantas conclusiones que, si quieren, procederé a compartir con ustedes (y si no, ya pueden ir pasando a la pestaña del porno)

El tal Partido del Futuro es la culminación del proceso de vaciamiento ideológico. Es un cascarón vacío, una marca publicitaria, un hype. Básicamente lo que esta muchachada dice a los españoles es: “os hemos hecho una caja muy mona para que pongáis lo que os apetezca; mandadnos vuestros correos”. Pero – y, como dijo Cantinflas, ahí está el detalle – nadie da la cara. Es perfecto: la mejor forma de convertirse en el partido político más popular es no solo no tener ninguna idea que pueda disgustar a los electores, sino además no tener ninguna figura política que pueda caer mal: vamos, el sueño húmedo de los expertos en marketing político. Pones cuatro ideas con las que todos pueden estar de acuerdo, una página web y un lacito: voilá, aquí lo tienes.

Ah, pero, dirán: sí que hay propuestas. Y es aquí donde ruego que saquen a los niños de la habitación, porque, en algo que es raro en mi, me voy a cabrear y voy a empezar a soltar tacos.  Democracia participativa, wikielectorado, Islandia, Porto Alegre, la concha de su madre y las baboserías con las que los cretinos de los asamblearios 2.0 llevan torturándonos años. Lo puedo decir más alto pero no más claro: dejad de decir imbecilidades. Iba a titular este post “Solón era un mierda”, pero me he contenido. Gracias a Platón y a Aristóteles, tenemos idealizada la democracia ateniense como forma ideal de sociedad, a pesar de que sabemos incluso desde antes de que Péricles soltase su discursito que la democracia ateniense solo funciona si tienes un número suficiente de esclavos como para no tener que preocuparse de barrer la casa y poder pasarse el día en la plaza del pueblo (que es lo que era el ágora) departiendo sobre la necesidad de una nueva expedición al Asia Menor. La democracia ateniense fue una excepción histórica. En el resto del universo conocido, desde que la primera tribu sedentaria se preguntase quién iba a sacar la basura, la civilización existe porque existe una profesionalización de la política, es decir, gente que se dedica exclusivamente a poner orden en la aldea. Y no podemos vivir sin ello, y más ahora vivimos en una sociedad infinitamente más grande y más compleja de lo que Aristóteles, que nunca viajó más lejos de lo que ahora se puede hacer en un par de horas de vuelo, jamás pudo concebir. ¿Va Twitter a decidir qué se hace con el cromo hexavalente? ¿Hacemos una petición en Actuable sobre el gálibo de los ferrocarriles de mercancías? ¿Decidimos acerca de las relaciones comerciales con la Comunidad Andina poniendo una encuesta en Facebook? Háganme el favor. La polis no va a volver, por mucho Twitter con que lo quieran pintar. No insistan.

El fallo del sistema político español no son “los políticos”, que en la inmensa mayoría de los casos son gente como usted y como yo que echa codos, suda tinta y maldice más que nadie cuando pillan a alguien con la mano en el carrito del helao, sino el fracaso, estrepitoso y sin duda premeditado, de nuestros partidos políticos de servir su papel constitucional de intermediarios entre la ciudadanía y el poder político. En un mundo ideal (un mundo en el que… perdón, lo siento, infancia Disney), decía, en un mundo ideal, los partidos políticos son organizaciones que reúnen a los ciudadanos con unas ideas políticas determinadas y que, de entre ellos, eligen a los que representarán esas ideas en las instituciones y, si logran la mayoría parlamentaria, las pondrán en práctica en el Gobierno. Como he dicho ya en más de una ocasión, la asfixia del sistema viene de la base. Muchos españoles se dicen del PP, del PSOE, de IU o incluso de UPyDance (pobriños), pero muy, muy, MUY pocos de ellos se han acercado a la sede del partido en su pueblo o en su barrio y les han dicho a que (técnicamente) les representan que les están dejando en mal lugar. Y como a los de los partidos la idea de que un señor venga regularmente a cantarle las cuarenta no les parece muy bien (y más cuanto más grande sea el partido) se han esforzado heroicamente para evitar la existencia de esos seres peligrosos, los militantes de base. Así pues, el precepto constitucional de “el funcionamiento de los partidos políticos debe ser democrático” generalmente se pasa por el arco del triunfo: si uno se mete “en el partido” es, por norma general, gracias a unos codos afilados y una lengua entrenada (en todos los aspectos), con lo que se crea lo que ahí fuera, en el mundo real, llaman “la casta”, y que generalmente está compuesta por la gente más cínica, la más servil, o  ambas cosas a la vez.

Abrir esa caja negra en la que se han convertido los partidos es el objetivo más perentorio si queremos recobrar la fe en nuestro sistema democrático, y exige un mínimo de participación de los ciudadanos: que dejemos de ver al partido al que apoyamos como un equipo de fútbol o una fe religiosa que hay que apoyar sin discutir o incluso pensar, sino una parte del sistema político tan importante como el Congreso. Cuando votamos a un partido político, votamos a una gente que nos representa, a nosotros y a nuestras ideas: tenemos que hacerles responsables de nuestra representación: saber quienes son, saber qué piensan, y pedirles explicaciones cuando fallan en su labor.

El tal partido del futuro es la caja negra entre todas las cajas negras: un grupo de gente que no se sabe quien es, no se sabe qué piensa, y a la que no se le puede pedir explicaciones porque lo único que tiene es una cuenta de Twitter y poco más. Permítanme que les diga que, a mi, no me han convencido.

3 Responses to El “partido del futuro”, o la πόλις son los padres

  1. Upydita
    16/01/2013 at 13:32

    “o incluso de UPyDance (pobriños)” No te preocupes tanto por nosotros. Al fin y al cabo somos el grupo de votantes con mayor formación. Besis. ;-)

  2. Michael Templeton Louis
    22/01/2013 at 14:26

    Estás enfermo y tienes miedo al futuro, a lo desconocido… lo olemos a kilómetros. Ah! y también tienes problemas con los jóvenes (el futuro también), por que probablemente seas un adulto infelíz, sobre todo si te empapastes de películas de Disney. La revolución ya está siendo televisada colega. A bailar toca…

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