Atado y mal atado

16/10/2011
By CardinalXiminez

 

Discreto a la par que elegante.

En noviembre de 1975, "Star Wars" estaba en preproducción. No puedo dejar de imaginarme a George Lucas viendo ésta foto y pensando: "¿Tendrán ésta capa en negro?"

El 23 de noviembre de 1975, el presidente de Chile por decisión de la Junta Militar, Augusto Pinochet, acudió al funeral de Francisco Franco en Madrid. Era sin duda el momento de mayor poder del general chileno, y se notaba: vino equipado con un aparatoso capote de campaña del Ejército de Chile que, por muy práctico que pudiese ser para los noviembres madrileños, dejaba claro que su intención manifiesta era acojonar. Y a fe que lo consiguió: fue el invitado que más llamó la atención, y eso que le sentaron al lado de Imelda Marcos.
Pinochet y Franco tenían muchas cosas en común, y la herencia que ambos dejaron a sus países es muy similar. Al igual que en España, la transición a la democracia en Chile fue un compromiso calculado al milímetro donde pesaron más el deseo de estabilidad y el miedo a una intervención de los militares que la evidente necesidad de redemocratizar en profundidad al país. Así, la Constitución de 1980, hecha votar por el general, sigue en vigor, y, por supuesto, nadie perdió su puesto: incluso Pinochet fue Comandante en Jefe del Ejército hasta 2000, y cada mes de septiembre le tocaba al presidente democráticamente electo de turno ponerse junto a la tribuna junto al ex-dictador, a ver como la alta burguesía santiaguina salía en masa a idolatrar a “mi general”.
Y, al igual que en España, en ningún ámbito se nota más la incompletitud de la transición que en la política económica. Pinochet, al igual que Franco, era un perfecto melón más allá de las puertas de los cuarteles, y no tuvo ningún inconveniente en dejar las manos sueltas al economista que le convenciese más y mejor. Si en España Franco dejó la economía en 1957 en manos del Opus y prácticamente dejó hacer, en Chile Pinochet entregó el país en manos de una divertida muchachada que decidió convertir el país en el campo de pruebas por antonomasia del neoliberalismo.
El ansia por liberalizarlo todo de los “Chicago boys” fue tanta que, por poner un ejemplo, decidieron liberalizar totalmente el sistema de autobuses en Santiago, lo que hizo que las compañías de autobuses combatiesen literalmente entre sí en las líneas más transitadas. Y cuando digo literalmente, hablo de carreras de autobuses y funcionarios de las líneas liándose a gorrazos por meter a los viajeros en sus autobuses. El caos provocado por el experimento hizo que no durase demasiado, pero deja claro que quienes llevan la política económica chilena, al igual que nuestros queridos liberales hispanos, no dejan que algo tan mediocre como el sentido común se interponga en su fe en el libre mercado.
Obviamente, tras la puesta de lado del dictador, en aras de la estabilidad nacional, éste sistema económico se mantuvo. Las carreteras, el abastecimiento de agua y electricidad, la sanidad y, por supuesto, la educación, se perpetuaron en manos privadas en los sucesivos gobiernos de la Concertación, un grupo de partidos políticos cuyo único punto en común era un repudio al pinochetismo.
En Chile, solo hay un colegio público que depende directamente del Estado, y está en la Antártida. El resto dependen de las municipalidades (ayuntamientos) y, como tal, su calidad y equipamiento dependen del nivel de ingresos del municipio en cuestión, lo que quiere decir que en la inmensa mayoría de los municipios chilenos los colegios públicos son tan viejos y están tan faltos de equipamiento como los municipios mismos. El problema con el sistema municipalizado ha quedado en evidencia con las secuelas del terremoto del año pasado. En ciertos municipios arrasados por el terremoto, los ayuntamientos directamente no tienen recursos para reconstruir las escuelas devastadas.
Mientras ésto sucede en la escuela pública, el Estado subvenciona, como gustan de decir aquí, la libertad de elección de los padres, con cheques-escuela que financian una tupida red de escuelas concertadas. Si en España la escuela concertada es más que nada un medio encubierto de financiación de la Iglesia y sus subsectas, en Chile el ánimo de lucro del sistema es más evidente. Al igual que aquí, técnicamente, el cheque escuela del Estado cubre todos los gastos de la escuela concertada, pero en la práctica hay siempre un gasto de más que ha de salir directamente de la economía familiar de los padres.
Ésto en las educaciones primaria y secundaria: en la universitaria las desigualdades llegan a once, porque aquí no hay cheque-escuela ni leches: que cada uno se pague su matrícula como pueda y que Dios le ayude. Al igual que en Estados Unidos, el gasto medio de los universitarios les obliga a endeudarse hasta las orejas – acumulándose con las deudas que llevaban arrastrando desde el liceo (instituto).
El problema se agravó cuando el presidente Lagos tuvo la bien intencionada idea de ampliar la educación obligatoria hasta los dieciocho años. La súbita sobrecarga sobre un sistema público ya saturado obligó a muchos estudiantes, sin plaza en las escuelas públicas, a pasarse a la concertada, con los obvios gastos de más, llegando al endeudamiento, de muchas familias. Si a ésto le sumamos la conclusión evidente de que se estaba formando a miles de bachilleres que no iban a poder permitirse la universidad, cuando en 2006 el gobierno de Michelle Bachelet anunció una Ley de Educación que fundamentalmente mantenía los aspectos básicos del sistema y, por si fuera poco, subía las tasas, los estudiantes saltaron pidiendo un sistema educativo más justo y más económico. La virulencia de las protestas obligó al gobierno de la Concertación a meter la idea de la nueva ley de educación en el frigorífico.
Pero el año pasado los pinochetistas volvieron al poder, rompiendo veinte años de gobiernos de la Concertación, y el nuevo gobierno Piñera decidió que era hora de sacar adelante la nueva ley, aunque fuese por las bravas. Obviamente, como dicen en mi tierra, los estudiantes se subieron a los zuecos, llevando a nuevos conflictos que acabaron en la calle.
Y en Chile, cuando un conflicto acaba en la calle, acaba enfrentándose a los “pacos”: los Carabineros de Chile, un cuerpo policial cuya inspiración es la Guardia Civil española (pero la de los poemas de Lorca, no la de ahora) y que nunca se ha destacado por su sensibilidad a la hora de disolver concentraciones subversivas. Camiones con manguera, gases lacrimógenos, hostias como panes, en fin, la definición de diccionario de “escalar un conflicto”.
Y éste es el modelo que quieren para nosotros, señora.

Seguiremos informando.

2 Responses to Atado y mal atado

  1. Luis Valenzuela on 26/12/2011 at 01:12

    Franco y Pinochet ciertamente tienen mucho en común. Ambos reconstruyeron su paises destruidos por el comunismo y legaron economías prósperas y regímenes democráticos mucho más sanos. Esa es la obra que el comunismo no tolera y que busca destruir a como de lugar y de la cual este medio es parte.

  2. Jorge Villegas on 16/01/2012 at 20:30

    Claro está, ambos son libertadores de la patria, invadida por un comunismo sanginario, gracias Generales!!!

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