Mientras, del otro lado del Mediterráneo…

11/08/2011
By CardinalXiminez

Si uno ha de hacer una lista de países que caen simpáticos a los españoles, Israel seguro que estaría bastante lejos de la cabeza.  Eso hace que, históricamente, la posición en el conflicto árabe-israelí haya sido de moderación ponderada, de ahí que nos hayan pedido de vez en cuando que echemos una mano. Normalmente, cuando pensamos en Israel, pensamos en tarados como los haredíes de Mea Shearim, capaces de liarla parda por un aparcamiento que abre en sábado, o los fistros que ahora gobiernan, con el ministro de Exteriores, el impresentable Avigdor Lieberman, a la cabeza. Pero esa visión simplista de Israel se desvanece cuando una simple observación superficial muestra una sociedad profundamente dividida. Por un lado, están los que consideran que Israel es un país predestinado por Dios para la salvación del pueblo judío; salvación ésta que ha de proceder sobre las cabezas de quienes se opongan a éste sencillo planteamiento, sean los Estados Unidos de América, sea un fellah palestino de 77 años que lo único que quiere es que le dejen ir a su granja. Por otro lado, están las personas para las que el judaísmo es una herencia cultural cuanto menos curiosa pero que no son tan importantes como el intentar vivir una vida normal como cualquier otra persona del mundo. Es ésta gente que llena las manifestaciones del Orgullo Gay, que han convertido en Tel Aviv en un rival serio de Barcelona por el título de Capital Mediterránea de la Modernez, y que no dejan que su judaísmo sea impedimento para zamparse una sabrosa paella de vez en cuándo.

Como sabrán, el sistema israelí de circunscripción única e inexistencia de barrera electoral (para sacar un diputado en la Knesset (el Parlamento) solo hace falta un 0,8% de los votos) hacen que el Parlamento sea un saco de gatos donde la clave del poder está en partidículos ultrarreligiosos de distinta ralea. La dependencia del Gobierno israelí (de cualquier gobierno) de esos grupos hace que la acción política esté más orientada al primer grupo que al segundo. En consecuencia, la opción para cualquier israelí que quisiese llevar una vida independiente de su judaísmo (para hacer cosas tan sencillas como, por ejemplo, casarse por lo civil) solía ser el salir directamente por pies del país. Los israelíes laicos disfrutan, por norma general, de un amplio conocimiento de inglés – y para los que no, siempre está Nueva York – y de un nivel educativo que les permite buscarse la vida en la mayor parte del mundo civilizado, máxime cuando Occidente tiene una generosa política de visados con el Estado de Israel.

Pero claro, la crisis cierra las puertas de la emigración y los israelíes jóvenes y preparados se ven obligados a buscarse la vida en su remoto trozo de playa. Y es entonces cuando ven que a su Gobierno, obsesionado con cosas como Cisjordania, Hamás, Ahmadinejad y si Obama es antisemita o no, lo que le pase a cualquier a que no sea ultrarreligioso o kibbutznik (uséase, miembro de una granja colectiva sionista) le importa un carajo. Y mientras el Gobierno se empeña día sí y día también en autorizar nuevos asentamientos en Cisjordania, los laicos en Israel, que no tienen ninguna gana de dejarse trencitas o irse a vivir a lo que viene a ser una avanzadilla en caso de guerra, se preguntan por qué coño no hay pisos nuevos y baratos en Tel Aviv, donde el metro cuadrado está por las nubes.

Y de preguntárselo en sus casas han pasado a preguntárselo en Internet y finalmente en plena calle, donde la mitad del país ha explotado ante un gobierno que solo gobierna para la otra mitad. El problema es que si aquí la izquierda política no ha sabido reaccionar ante la indignación, en Israel la izquierda política no ha reaccionado porque no la hay. El viejo Partido Laborista, pionero de la fundación del país y antaño monolítico, ha estallado en mil pedazos, dividido entre los partidarios del ministro de Defensa, Ehud Barak – que vendería a su madre por conservar ese sillón – y los más ligados a la renqueante Histadrut, el sindicato socialsionista. Hadash, el partido socialista multiétnico, y Meretz, un conglomerado de verdes y liberales en lo social, son más coherentes, pero solo suman 7 de los 120 diputados de la Knesset – los ultraortodoxos suman más del doble.

En todo caso, buenas noticias para Israel, donde parecía que las corrientes venidas de la ultraderecha se empeñaban en acabar con el hecho diferencial israelí, entrando en el tenebroso juego de intentar acabar con tu enemigo convirtiéndote en él. El hecho de que la sociedad laica israelí haya reaccionado en vez de huir me parece digno de aplauso y reconocimiento.

Seguiremos informando.

One Response to Mientras, del otro lado del Mediterráneo…

  1. [...] Mientras, del otro lado del Mediterráneo… http://www.ruinaimponente.info/2011/08/mientras-del-otro-lado-de…  por amromero hace 2 segundos [...]

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