La Beatlemania del obispo de Roma

09/08/2011
By CardinalXiminez

Para mi, lo primero que hay que decir cuando se habla de las Jornadas Mundiales de la Juventud es que están patrocinadas por Mahou. Desde Ruina Imponente proponemos que, en consonancia con otros patrocinadores del evento (Rodilla, Telepizza) que están ofreciendo versiones de sus productos orientadas específicamente a los peregrinos, la tradicional cervecera lance una versión especial de su popular envase de un litro para su distribución, a precios populares, entre los participantes del magno evento. Estoy convencido de que ésta Litrona Bendita, distribuida generosamente entre los acólitos presentes, hará que los eventos pontificios sean infinitamente más acordes con las costumbres españolas a la hora de divertirse en grupo.  Además, ¿qué producto puede ser más propio para recibir al jefe del Estado vaticano que la única bebida que comparte colores con dicho país?

En todo caso, hay cosas de las tales jornadas que me escaman. El mero hecho de que hayan decidido poner a un millón de personas bajo el cáustico sol de agosto en lo que no viene a ser sino el secarral más extenso de ésta nuestra bella ciudad solo puede explicarse si desde la organización se espera que, por simple media estadística, el sol de justicia fría cervantinamente algún celebro (sic) y se produzcan escenas de desmayos y éxtasis místicos, que siempre contribuyen a potenciar el olor de santidad de ésta clase de eventos.

La polémica de la visita papal viene dada por la imposible magnificencia de nuestras instituciones públicas a la hora de garantizar que el evento vaya sobre ruedas, engrasado, para empezar, con generosas contribuciones en efectivo, y complementado por una serie de cortesías hacia los peregrinos por parte de las administraciones públicas que, añadiendo el insulto a la injuria, suceden al mismo tiempo que, desde nuestro ayuntamiento y desde nuestro gobierno regional, se nos informa a todos aquellos que no somos ni jóvenes ni católicos que no hay dinero ni para el azucarillo del café.

Así, se ofrecen abonos transporte a precios reducidísimos (80% de descuento) a los peregrinos al mismo tiempo que el billete sencillo sube un 50%; la misma Comunidad que dijo, a través del consejero Granados, dijo que los bomberos “no verían un puto duro más” les saca a que rieguen a los jóvenes cumbayás; y, como no, el ya célebre caso de los colegios gratuitamente cedidos a la organización para un alojamiento que luego se cobra a los peregrinos. Es decir, que si Antonio Heredia Carmona alquila su piso del Ivima a los dos meses de ocuparlo es un ladrón sinvergüenza que no merece sino el talego, pero si la Iglesia cobra por lo que el Estado le cede gratis está, simplemente, contribuyendo a que el evento tenga el menor impacto posible para las ateridas arcas del Arzobispado.

El problema de todo ésto, en suma, es la largueza con la que las administraciones públicas, especialmente el Ayuntamiento y la Comunidad, ceden lo que es de todos a una institución que, a pesar de sus persistentes intentos de permanecer como un pilar fundamental del Estado, no viene a ser sino una organización privada.

Y es el hecho de que sea una organización privada lo que me impide decir nada más en contra de las Jornadas. Siempre he sido de la (a mi entender) saludable opinión de quién quiera curas que se los pague; si la Iglesia, fuese la organización, fuesen los peregrinos, pagasen cada euro de lo que cuesta cada autobús, cada colegio, cada corte de calle, cada confesionario de cartón piedra, cada banderola instalada en loor y gloria del obispo de Roma, por mi parte nada que objetar.

Y ni siquiera el hecho de que la Iglesia católica se arrogue que yo deseo su presencia en mi amada ciudad me estorba. Rajoy también habla en mi nombre sin mi permiso cuando dice que losh eshpañolesh quieren un gobierno de confianza, pero son cosas que no tienen remedio.

Lo que me hace pensar es la certeza de que aun sin ayudas públicas la Iglesia hubiera sido capaz de organizar un evento a ésta escala: bastaría exprimir un poco más a los beatos que pueblan cada consejo de administración de éste hermoso país mío (gracias, san Josemaría) y no hubiera hecho falta la ayuda de alcalde alguno para juntar a un millón de personas para un impresionante ejercicio de papalatría.

Cuando digo constantemente que la Iglesia católica vive una Contrarreforma en toda regla, eso también implica una reacción en lo propagandistico idéntica a la que se vivió tras el concilio de Trento: adueñarse de las formas artísticas más impactantes (que no necesariamente más bellas) de su tiempo y hacer de ellas un uso intensivo como solo podría ser capaz una institución con mil quinientos años de experiencia en propaganda. Si en el siglo XVI se tomó a Bernini y a Churriguera y se financió el arte más avallasadoramente impactante que se haya creado jamás (véase la romana iglesia del Gesú para un ejemplo especialmente depurado) en el siglo XXI se toma la forma más contemporánea de devoción mística, la cultura fan, y se la orienta hacia la figura del Papa. Las parroquias, convertidas en fan clubs, se dirigen al sector más influenciable de la población (los jóvenes de 12 a 16 años) para orientarlo hacia la adoración gritona e acrítica, casi siempre reforzada por las familias que, aterrorizadas por el sensacionalismo mediático diario que alerta de la peligrosidad del mundo, aplaude cualquier intención de sus hijos e hijas de participar en actividades “sanas”.

Y gracias a eso, un sector sustancial de nuestra juventud se vuelve a las respuestas simples y por ello incorrectas, a la moral cavernícola y obsoleta, a la fácil y blanda vida del que no tiene ninguna duda sobre su papel en el mundo, una vida donde no es necesario saber nada, pues doctores tiene la Santa Madre Iglesia que nos sabrán responder. Y esto es un fracaso para quienes, como yo, defienden que a la juventud ha de mostrársele, en toda su plenitud, la complejidad infinita de nuestro universo, la variedad prodigiosa del ser humano y lo fascinante que puede ser el mundo si se mira a través de los ojos de la razón. Y si tras ver ésto, hay gente que rehuye aterrada, ansiosa por volver a la cálida felicidad de la ignorancia voluntaria, es una reacción natural que ha de respetarse; pero lo que no puede ser, lo que no puede seguir ocurriendo, es que haya jóvenes que vivan en la ignorancia feliz de la papalatría cumbayá por culpa de unos padres influenciables, un Estado cobarde y una Iglesia crecida.

Seguiremos informando.

 

 

 

One Response to La Beatlemania del obispo de Roma

  1. Deploreibol on 16/08/2011 at 00:42

    La verdad es que es todo un chiste, como un macrofestival de rock hortera. Los supuestos “peregrinos” son muchachos a los que han traído en avión de todos los rincones del mundo para pasar unos días en España de vacaciones, luciendo camisetas de colorines y canturreando por las plazas y plazuelas (por parafrasear a Celia Gámez, que para estos temas de catolicismo viene muy al pelo). Vaya peregrinaje: un campamento chachi-piruli de verano. Los peregrinos de la primera cruzada tenían también la cabeza llena de serrín, pero por lo menos lo de patearse toda Europa y Asia se lo tomaban en serio.

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