La verdadera historia del general Tácticus

10/05/2011
By CardinalXiminez

Aquí a un servidor los libros de sir Terry Pratchett le parecen, en general, geniales. Y, aunque suene extraño, su parte favorita son las notas a pies de página, que son muchas y casi siempre hilarantes. Una de mis favoritas es la de que si conocimiento es poder, el poder es energía, y la energía es igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz, llegamos a la conclusión de que una biblioteca es un pequeño agujero negro que sabe leer.

Algunos personajes surgieron de notas a pie de página y fueron creciendo en la saga. Uno de ellos es el general Tácticus, reconocidamente el mejor general de la historia del Mundodisco. El propio concepto de “táctica” se llama así en homenaje a su talento. Las máximas del general Tácticus son aplicable aún hoy en día, como la solución aportada en su autobiografía en el capítulo “Qué hacer cuando un ejército está en una posición elevada, bien fortificada y bien aprovisionada y el otro no”: “Procura ser el que está arriba.”

La historia más conocida del general Tácticus fue cuando el imperio de Ankh-Morpork, en aquél entonces en el auge de su expansión territorial, quiso librarse del general: tanto las campañas de Tácticus como el imperio que traían consigo eran brillantes pero salían carísimos. Un ducado lejano se había quedado sin nobleza y necesitaba un duque reinante: Tácticus fue despachado y coronado al instante. Y en el momento en el que fue coronado, Tácticus le dio un vistazo al ejército de su nuevo reino, analizó su posición estratégica, investigó sobre sus enemigos potenciales… y declaró la guerra a Ankh-Morpork. Y el lector que conozca un poco de historia de Europa se ríe el doble: primero por la ironía y, segundo, porque fue exactamente eso lo que pasó en 1814.

Jean Baptiste Bernadotte era el hijo de un abogado de Pau, en el sur de Francia. Con diecisiete años, sin demasiadas perspectivas, hizo lo que muchos jóvenes hijos de burgueses: se metió en el Ejército. Durante los diez primeros años de su carrera militar, vivió la vida aburrida y pesarosa de un soldado de provincias: estuvo años estacionado en pueblos de guarnición de la frontera con España, ascendiendo poco a poco los peldaños de la carrera. Hasta que estalló la Revolución Francesa, y nada como una buena guerra para separar a los soldados con talento. Bernadotte, que en 1789, tras nueve años de carrera militar, solo había llegado a sargento, en 1794 ya era general. Obviamente llamó la atención de la más brillante de las estrellas en ascenso del ejército revolucionario, Napoleón Bonaparte. Bernadotte sirvió bajo Bonaparte en las campañas italianas, y a pesar del carácter fuerte y impulsivo de ambos hombres, que los llevaba a chocar entre sí, había un respeto y una admiración mutuas.

En 1798, Bernadotte fue nombrado embajador en Austria: en un arrebato de pormishuevismo, se atrevió a colgar la tricolor en el balcón de la embajada y tuvo que salir por pies para que no le linchasen. A la vuelta, dio el braguetazzo: se casó con Desirée Clary, ex-prometida de Napoleón, que era  hermana de Julie, mujer de José Bonaparte y, en consecuencia, por un tiempo reina de España. Napoleón, como todo el mundo sabe, era un fanático partidario de esa costumbre tan mediterránea que es “para qué pagarle a alguien si ésto lo puede hacer mi cuñao”, pero Bernadotte tenía una tendencia muy marcada a ir por libre, lo cuál disgustaba sobremanera al Petit Cabrón. Empezó mal apuntándose al golpe del 18 de brumario tarde, mal y a rastras; luego, en las campañas de 1804-1806 se atrevió a no aparecer por unas cuantas batallas, lo cuál cabreó a Napoleón de tal manera que desde entonces lo tuvo enfilado. Cuando en 1809 Bernadotte se las arregló para que los austríacos exterminasen a su regimiento de sajones en la batalla de Wagram, Napoleón le arrebató el mando ahí mismo y en el acto. Devuelto a París, le salvó del pelotón de fusilamiento el hecho de ser familia del jefe. Desde entonces, solo le pusieron al frente de un ejército cuando fue estrictamente necesario y por poco tiempo. En 1810, Jean Baptiste Bernadotte estaba en París cabreado de la vida y tocándose los huevos a dos manos.

Mientras, a dos mil kilómetros de allí, en Estocolmo, la monarquía sueca vivía los peores momentos de su historia. El rey Gustavo IV Adolfo, un fistro reaccionario y paranoico, había sido depuesto por un parlamento harto de su antiliberalismo y su absoluta incompetencia militar. Gustavo Adolfo había logrado salir perdiendo en todas las alianzas que había hecho, y Suecia acababa de perder un tercio de su territorio con la invasión rusa de Finlandia. El nuevo rey, Carlos XIII, era un señor avejentado y sin hijos. Suecia necesitaba un príncipe heredero, y el parlamento se dispuso a encontrarlo.

Y dado que en aquél momento el mayor enemigo de Suecia era Rusia, tenía sentido buscar a un francés, en aquél momento los peores enemigos de los rusos. Así que una delegación sueca, por su cuenta y riesgo, salió de Estocolmo rumbo a París y ofreció la candidatura a un pasmado Bernadotte, que estaba a punto de marcharse a Roma para asumir el cargo de gobernador. A Bernadotte le faltó tiempo para irse a explicarle la situación a Napoleón (me hubiera encantado ver su cara en ese momento) que consideró que los suecos hacían el tonto nombrando heredero a ese patán, pero no dijo nada más: al fin y al cabo, era otro cuñado inútil encaminado (bastantes problemas le había dado ya Murat, responsable último del Dos de Mayo en Madrid) Cuando la delegación volvió a Estocolmo fue directamente metida en la cárcel por semejante osadía, pero pronto, y ante la falta de mejores candidatos, la idea de Bernadotte fue tomando cuerpo y finalmente fue elegido príncipe heredero y generalísimo de los ejércitos suecos.

Y nada más tomar posesión, Bernadotte, ahora el príncipe heredero Carlos Juan, dio un vistazo al ejército de su nuevo reino, analizó su posición estratégica, investigó sobre sus enemigos potenciales… y se dio cuenta de que recuperar Finlandia de los rusos iba a ser imposible. En consecuencia, de lo que debía ocuparse en ese momento era de obtener Noruega. Noruega era una posesión danesa desde el siglo XVI, y los daneses ahora eran un títere de los franceses. En consecuencia, para obtener Noruega, Bernadotte debía declararle la guerra a Francia, cosa que acabó haciendo en 1813, en la llamada Guerra de la Sexta Coalición, o como yo prefiero llamarla, Guerra para Pegarle Collejas a Napoleón Ahora Que Le Están Corriendo a Gorrazos de Rusia. Una vez derrotados los franceses en Leipzig, los suecos dejaron de lado lo de perseguir a Napoleón hasta Waterloo para dedicarse a la más divertida y constructiva tarea de pegar a los daneses – que se habían llevado hostias de todos lados, los pobres – para quedarse con Noruega.

Y una vez logrado ese objetivo, en 1814, el rey Carlos XIV Juan se dispuso a vivir los treinta años que le quedaban de vida en la comodidad de su palacio de Estocolmo. Y aún hoy, los descendientes de Jean Baptiste Bernadotte ocupan el trono de Suecia – y muy bien que les va, gracias.

Una anécdota (probablemente apócrifa) para terminar ésta historia. Se cuenta que, ya en los últimos meses de su vida, el rey estaba afligido de un mal que la historia hace bien en olvidar. Llamado a toda prisa a la corte, el médico, bien educado en la praxis de la época, recomienda al monarca una fuerte sangría, a lo que el rey se niega enérgicamente. Al insistir el médico, el rey reflexiona un momento, ordena a los cortesanos que abandonen la sala, y mirando fijamente al médico le ordena: “no diga nada de lo que va a ver”. Y el médico puede ver, al arremangar el uniforme, que Carlos XIV Juan, por la gracia de Dios Rey de Suecia y de Noruega, tenía tatuado en el brazo “À bas les Rois!” (¡Abajo los Reyes!)

Seguiremos informando.

2 Responses to La verdadera historia del general Tácticus

  1. El "Gentleman", divertido, on 10/05/2011 at 20:43

    Qué barbaridad… Generalmente, tengo cierta preferencia por los reyes usurpadores, pero cuando se trata de hijos de un abogado y amiguetes de Napoleón y, pese a eso, con sus descendientes aún en el trono, ya no me hacen tanta gracia…

  2. mictter on 10/05/2011 at 22:00

    Bueno, pues ya que estamos por aquí… ¡saludos desde Estocolmo!
    Pero por Dioh, que a mis compañeros suecos no les dé mañana por amenizarme la comida con historias de su puta mili.

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