Esbozos de un manifiesto

18/05/2011
By CardinalXiminez

He intentado desarrollar un manifiesto sobre las ideas que se me vienen últimamente a la cabeza, pero creo que no va a estar completa sin ayuda. Así que pido sus opiniones,  propuestas y contrapropuestas – pero la base viene a ser ésta misma. Se lo agradezco.

INTRODUCCIÓN

Un fantasma recorre Europa. Y no, no es el fantasma del comunismo. Es la constatación, cada vez más patente, de que el entramado de consensos e  instituciones destinados a salvaguardar Europa de la guerra y del totalitarismo se viene irremediablemente abajo, atacado en comandita por la obsolescencia de sus paradigmas económicos y una ofensiva ideológica de primer orden.

El Estado, como estructura política, ya no puede contener el avance de la globalización económica. La soberanía económica nacional, uno de los principales pilares – si no el principal –  del estado moderno, ya no existe. Vemos a diario como grandes y poderosos estados se ven obligados a acatar las decisiones políticas que les imponen los mercados. Y eso deja a la inmensa mayoría de la Humanidad a merced de un ente que, por más que generaciones de economistas hayan tratado de ponerle sentido, nunca ha demostrado, ni querido demostrar, que es racional o ético.

Pero eso, por cruel que parezca, no implica que la pérdida de la soberanía económica sea intrínsecamente malo. La eliminación de las barreras aduaneras ha supuesto un incremento del comercio y una industrialización a escala global que ha supuesto una mejora de las condiciones de vida de cientos de millones de personas. El debilitamiento de los Estados nación como entidades simbólicas, es decir, la decadencia de los nacionalismos,  ha mejorado la comunicación entre los pueblos, permitiendo un enriquecedor intercambio de culturas, la propagación de las ideas de libertad, democracia y justicia social, y,  lo que es mejor, una sustancial disminución, tanto en número como en intensidad, de las guerras.

 El capitalismo, como sistema económico, se ha revelado insuperable a la hora de crear prosperidad, pero igualmente incapaz a la hora de distribuirla. La experiencia ha dejado claro, dolorosamente, que, a una escala general, el mercado no es un justo mecanismo de asignación de recursos: es un sistema que premia a algunos con riquezas obscenas y condena a otros a miserias insoportables, con criterios que no pueden tener otro calificativo que inexistentes. Occidente, tras siglos de experimentos que salieron estruendosamente mal, encontró finalmente la combinación que, si bien, naturalmente, no es perfecta, se acerca a la combinación de prosperidad y justicia social que garantiza una sociedad estable:  una economía de mercado obligada políticamente a distribuir conforme una  orientación social, legitimada por una democracia estable y una ciudadanía culta y activa: en definitiva, el Estado del Bienestar.

Pero para quien sale ganando de una distribución desigual de la riqueza el Estado del Bienestar resulta claramente injusto. E incapaces de ver más allá de su propia codicia, han luchado políticamente a favor de la ineficaz distribución de los mercados, edificando en el proceso una base ideológica que, adquiriendo términos emocionalmente potentes (como “libertad”) se ha forjado en una poderosísima fuerza política que ha tomado Europa al asalto desde finales de los años 70.

El principal argumento de los que propugnan el liberalismo económico descontrolado es que facilita el crecimiento de la economía. Ésto es cierto en términos absolutos, pero es igualmente cierto que éste crecimiento es desigual, injusto y, sobre todo, inestable. El liberalismo económico absoluto degenera inevitablemente en crisis cíclicas, pánicos bancarios, y recesiones profundas que agravan las desigualdades sociales e incentivan los extremismos, los nacionalismos y los populismos.

La respuesta de la socialdemocracia ante éstos desafíos, desde el principio, ha sido netamente defensiva. Primero, por la deslegitimación del Estado del bienestar que supusieron las Crisis del Petróleo, crisis que obligaron a replantearse algunos mecanismos del funcionamiento del Estado del bienestar, en especial su capacidad y velocidad de reacción ante problemas profundos e inesperados, pero que fueron aprovechadas por los liberalistas a ultranza para denunciar el sistema como un todo y consolidar la idea de la inoperancia en general del Estado como actor económico – con notable éxito; segundo, por el éxito aparente (en términos absolutos) de las políticas de liberalización, que generó un consenso manifiesto a su favor; y tercero, por la caída de los totalitarismos comunistas, que dieron a la socialdemocracia la impresión (cierta) de que el Estado del bienestar había demostrado la solvencia de un régimen capitalista y democrático, y la impresión (falsa) de que ésto provocaría la legitimación indiscutible del sistema a ojos de la ciudadanía.

Pero el proceso se ha acelerado. La caída del comunismo provocó, especialmente en el Este de Europa, una deslegitimación no solo del comunismo, sino también del marxismo en general, incluida la socialdemocracia. En consecuencia, el conservadurismo político, el liberalismo económico, el nacionalismo exaltado, han crecido sin tasa, al calor de las incertidumbres de un sistema económico irracional y descontrolado.

Mientras, la ciudadanía se ha ido cansando de la incapacidad de la izquierda en general y de la socialdemocracia en particular en responder positivamente a los retos económicos de un mundo en cambio, empeñada en responder con una herramienta, el Estado social, que la globalización ha ido progresivamente dejando obsoleto.

Ahora, el fracaso de las políticas nacionales de izquierda en el mundo occidental, nos dejan a las puertas de lo que algunos pueden considerar un abismo, pero que también podemos considerar un desafío: reconstruir los mecanismos políticos que permiten orientar socialmente al capitalismo sin perder las ventajas económicas y sociales de un mercado global.

PENSAR EN TÉRMINOS GLOBALES

La consecuencia más obvia de la globalización es que la universalización y mejora de las redes de transporte están produciendo una rápida industrialización de lo que hasta hace nada eran regiones atrasadas del globo. Éstos nuevos países industrializados tienen la tenebrosa ventaja comparativa de que sus costes laborales son menores, por diversos motivos que, sin excepción, son perjudiciales para los trabajadores: una desvalorización de la moneda – que reduce el poder de compra -, más horas de trabajo, menos derechos laborales, peores condiciones de seguridad, etcétera. En consecuencia, empresas, ciudades y países enteros son medidos por inversores de todo el mundo por su “competitividad”, es decir, quién puede hacer más y mejor por menos. Indudablemente, hay mecanismos para incrementar la competitividad sin necesidad de empeorar los derechos de los trabajadores, pero las crisis cíclicas del capitalismo descontrolado crean situaciones donde todo esfuerzo dedicado a cosas como mejora de la productividad, tecnificación o mejora del sistema educativo se tiran por la borda en aras de salvaguardar empleos. Igualmente los Estados no tienen capacidad de hacer políticas que mejoren las condiciones de vida de sus trabajadores: limitada su capacidad de recaudación vía impuestos por la liquidez y movilidad del capital, dependen para su financiación de unos mercados de deuda que pueden entrar irracionalmente en pánico.

La solución a ésto es evidente: una armonización a escala global de los derechos de los trabajadores y de las políticas fiscales, de modo a que no haya trabajadores sometidos a condiciones infrahumanas en ningún lugar del mundo, y para que las políticas redistributivas sean realmente efectivas. Y la demanda social para que éste proceso se lleve a cabo no puede lograrse si no a través del regreso al más fundamental de los llamamientos marxistas: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”

EUROPA ES NUESTRA LLAVE

Pero, ¿por qué hemos de triunfar nosotros donde otros han fallado? ¿No era el internacionalismo proletario uno de los más queridos y más fallidos proyectos de la izquierda?

Quizás sea porque hasta ahora nos lo hemos planteado como otros grandes fracasos de la izquierda, a saber, como un proceso único, frontal y revolucionario. La izquierda ha vivido obsesionada con la toma del Palacio de Invierno y no recuerda que los cambios más profundos y más duraderos se logran de forma gradual y pacífica. Si hemos de lograrlo, hemos de lograrlo con las armas de la convicción y no de la coacción, de la democracia y no de la dictadura, de la libertad y no de la opresión.

Eso hace que lo que estamos colocando aquí son las piedras de donde edificar: trazar el camino que caminaremos más tarde, y nuestros hijos, y nuestros nietos.

¿Por dónde empezar?

Como europeos, no podemos dejar de lado la que hasta ahora, ha servido como herramienta mayor del capitalismo global en Europa: la Unión Europea. El mero hecho de que sea una institución supranacional plenamente establecida y soberanamente potente la convierte, igualmente, en un instrumento de primer orden para contener al capitalismo global en Europa. No puede haber más Europa sin mejor Europa.

Igualmente no podemos abdicar ni por un instante de las libertades individuales ni de la democracia. Nuestra labor no es imponer, es convencer. Y, en consecuencia, desarrollar una nueva ética cosmopolita, base de una ciudadanía global y democrática.”

Seguiremos informando.

 

7 Responses to Esbozos de un manifiesto

  1. Esbozos de un manifiesto on 18/05/2011 at 14:48

    [...] Esbozos de un manifiesto http://www.ruinaimponente.info/2011/05/esbozos-de-un-manifiesto/  por McManus hace 2 segundos [...]

  2. Angel on 18/05/2011 at 16:29

    Me gusta la idea y el tono, aunque la primera parte me parece un pelín conspiranoica: eso de “Vemos a diario como grandes y poderosos estados se ven obligados a acatar las decisiones políticas que les imponen los mercados.”, suena un poco a los gnomos de Zurich ;-) Creo que la situación es más sencilla: se ha creado una economia a escala global, y aquellos estados que han decidido participar en ese juego y no les ha salido bien, ahora tienen que apechugar (ya se sabe, nada es gratis).

    Por lo demás, la idea es facil de resumir: si la economia es global, necesitamos un estado global…

    • CardinalXiminez on 19/05/2011 at 11:39

      Y es cierto: Corea del Norte es un país que en un 99% es económicamente soberano (salvo una zona de libre comercio que tienen para instalar maquilas surcoreanas) y les va estupendamente, por lo que tengo entendido.

      • Angel on 19/05/2011 at 12:20

        Efectivamente :-)

  3. Antonio on 19/05/2011 at 09:04

    Sr Cardinal,
    Hace solo unos días que he leído algunas cosas en su blog y le felicito.

    Me gusta el planteamiento “Esbozos de un manifiesto”. Es inteligente tiene mucho sentido. A primera vista la tarea parece descomunal pues la inercia del estado actual de las cosas es enorme, pero por algún sitio hay que empezar. Europa podría ser la primera en tomar un camino diferente que sirva de guía para el resto del mundo. Cambiar las formas de hacer de Europa, otra tarea enorme,dependerá de todos nosotros, de enfocar nuestras ideas en un sentido más amplio, más abierto y a la vez más exigente.

    • CardinalXiminez on 19/05/2011 at 11:41

      Y es que hay que ir hacia adelante. La burguesía creó el estado moderno y la socialdemocracia lo tomó para el bien colectivo y la paz social. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con la globalización?

  4. J.E on 19/05/2011 at 18:06

    No leo nada sobre invadir las Islas Caimán… se queda cojo.

    PD: Lo digo casi de coña.

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